domingo, 12 de junio de 2011

Ficciones


Te has levantado sabiendo que un suceso extraordinario pasará este día. Un movimiento en la garganta te lo ha dicho. Quitas la sábana que tapa tus pies, coges tus chanclas y caminas directamente al baño para ducharte.
Sales del baño tras diez minutos de batalla contra el agua que ha caído sobre tu cuerpo. Ahora hueles limpio. Te vistes con una playera a cuadros, un pantalón de mezclilla y unos tenis blancos.
Te diriges hacia la puerta de tu casa, la abres, y la cierras al salir. Un sentimiento de angustia te invade el cuerpo y no sabes por qué.
Caminas, y mientras avanzas parece que un dolor en el pecho se apodera de ti cada vez más, un paso, un dolor, dos pasos, un vacío, tres pasos, un abismo.
Llegas a la parada y esperas el autobús. En los suburbios no existen los parabuses, sólo esperas sobre tus pies estirados entre el olor a la tierra mezclada con excremento de perro y bardas rayadas con aerosol que se manifiestan a tu espalda. El calor es agobiante. Frente a ti, un letrero que dice Picadas y Gordas, pase usted.
Son las diez de la mañana, un domingo cualquiera y te percatas que el jarocho se levanta regularmente a esa hora para ir a desayunar picadas, gordas, empanadas o tostadas.  Los domingos son el descanso ante la semana de arduo trabajo sentado frente a un escritorio o de mesero en algún bar. Todo por no estudiar dice una camioneta de esas guajoloteras que les llaman. Sabias palabras diría un amigo al leerlas.
El camión está casi frente a tus narices. Haces la parada y subes a la pecera asesina de las nalgas. Quieres hacer uso de tus facultades universitarias con tu credencial, pero el chofer se pone reacio porque no tiene el holograma. Le refutas que es de Idiomas y que allí no dan holograma. Te responde con una cara dónde una sonrisita se asoma y se burla. ¿Osea qué es eterna? Le dices que no, sólo que se rige por otras cuestiones que no vas a discutirle porque no las entendería. Se molesta. Cómo eres un desesperado le dices, cóbrate completo, no me voy a pelear por tres pinches pesos. Y así fue, la cara del chofer es de triunfo, como si hubiese ganado la gran batalla de toda su existencia.
Te sientas junto a la ventana para que un poco de aire te pegue en el rostro ante el bochorno que atraviesa el ambiente. Observas al jarocho y sus chanclas. Yendo por las picadas, las empanadas. Los miras en los depósitos de cerveza derrochando la quincena. Los escuchas hablar sobre los partidos de la selección. Observas sus tatuajes, miras sus poses de hombría, e intentas dilucidar sus pláticas mitómanas domingueras. La familia puede esperar vieja, yo me quedo con la banda chupando un rato; escuchas bajo tu mirada al detenerse el camión para recoger pasaje.
Recuerdas que una semana antes, la alcaldesa de la ciudad ha vendido las calles del centro histórico a una empresa de estacionómetros. A dos días de aquella aberración patrimonial, ves que el ciudadano es un apático que no le interesa pues todos los políticos son corruptos y todos los ciudadanos son víctimas, de nada sirve manifestarse. Dos días antes quisiste convencer a tus compañeros de hacer una marcha, y todos te dieron el avionazo. Qué nada se puede cambiar, y menos si eres joven, ya todo está escrito como en la Biblia dirían los religiosos.
Recuerdas también que hace cuatro días leías que en España un grupo considerable de jóvenes acampó en el zócalo de Madrid para exigir una democracia más participativa. EL bipartidismo no interesa ya a una nueva generación de jóvenes que cómo prebenda marca: No somos mercancías de políticos ni de banqueros. Y es que así debería ser, al parecer, pero nada es cierto, ni los segundos que pasan ante tus ojos, ni la ventana que está postrada frente a tus narices.
Ha sido una semana ajetreada. Tu país está sumido en el caos, en una guerra que no pediste, que muchos no pidieron, que es absurda. Pero pocos quieren verlo así. El país no es pobre si caminas por Reforma, por San Nicolás de los Garza en Monterrey, en Santa Fé, en Costa de Oro, El Conchal, algún residencial en Guadalajara o cualquier estado que se hospede un gobernador, un empresario, un funcionario. En realidad no es pobre, es desigual, pero no es pobre, o al menos eso dice tu secretario de economía. Un tipo que estudió en escuela privada y que la única carencia que ha tenido seguramente es la de horas de sueño por haber asistido a una fiesta súper ¡wow!, en una casa enorme, súper enorme.
Te ríes de eso último hacia tus adentros, cuando escuchas a dos muchachas delante de ti hablar sobre la telenovela de las siete. La otra familia mexicana pero con muebles caros. La historia de la sirvienta que se ganó la lotería porque el dueño súper rico se ha enamorado de ella. De los parquímetros nadie habla, pues para qué frustrarse. La felicidad mueve al mundo, ¡apoco no han visto el comercial de coca cola!
Llegas a tu destino, haces la parada y bajas frente al Ayuntamiento. Miras los cuerpos ir y venir y entonces le imaginas un nombre, una vida, un destino a cada paso de esos cuerpos que se mueven y se reciclan en los pisos.
Caminas hacia el zócalo. Te das cuenta que hay un plantón como de cien personas. Van a marchar por las calles principales para mostrar su inconformidad ante la venta de las calles a empresas privadas. Analizas. La subordinación del hombre por el hombre es la herencia del capitalismo. Tú, nacido aquí en esta lugar dónde caminas ahora tienes que pagar por estacionarte a una empresa de quién sabe que estado, o qué país. Puede parecer ridículo, pero sí le preguntas a los gobernantes es la idea más cuerda y más efectiva que se les pudo haber ocurrido. El concepto de lo político supone cuestiones que a la sociedad civil le son ajenas.
Cuando mencionas sociedad civil te ríes porque sabes que te estás mintiendo. Buscas jalar gente a la marcha, y te miran con extrañeza, riéndose. En especial los jóvenes. Sus marchas, qué van a cambiar sus marchas. Y te sientes el pendejo más grande de la historia pues a sabiendas que no cambiarás mucho, te sobrevienen sentimientos románticos a lo William Blake o Lord Byron y sigues tu lucha.
No superan los doscientos. No hay medios que cubran el evento, te das cuenta del desdén de los hombres que observan sentados tomándose una cerveza en los bares frente al zócalo. De repente escuchas gritos, alzas la vista y hombres encapuchados están causando un desorden. Hay niños, señoras embarazadas pero no importa. El batidero de sangre ha comenzado.
No sabes si correr, o enfrentárteles. Los tienes ahí, tienes la materialización del Estado echándote a sus perros. Te gustaría tener poderes y eliminar uno por uno, defender a los niños que están siendo masacrados, a las mujeres y sus semillas en germinación. Su único pecado fue pensar, intentar soñar un mundo mejor para las futuras generaciones. Suena romántico y absurdamente ridículo, cuando diez minutos antes la misma gente que pasaba observando a los cuerpos aglutinados en el zócalo no sabía por qué estaban allí, y si sabían lanzaban una carcajada acompañada de una mirada que gritaba: Pobres idiotas, locos, su marchita no va a cambiar nada, para dirigirse luego todos a comprarse unas picadas en las esquinas de sus casas. Eso el jarocho lo hace muy bien, incluso al parecer, mejor que pensar para ellos mismos como ciudadanía.
Una bala al pecho ha interrumpido ese letargo. Caes y te desplomas. Te ahogas. Nadas en una maraña de sueños que se rompen con el sonido de las balas a lo lejos. Ahí está el agitador, llévenselo de aquí grita una voz ronca que golpea el aire. Has muerto, y en realidad no pasó nada extraordinario que no hubiese pasado en otra ocasión y bajo las mismas circunstancias. La apatía te hace rememorar que tu sociedad vive en una era de vacío y de exceso individualismo, dónde ya no se cree, ya no se busca más allá de lo superficial y lo superfluo, donde los sueños y los cambios se pudrieron en la posmodernidad, se almacenaron como telarañas en una casa vieja, la utopía en los tiempos del VIH. Dios ha muerto dijo Nietzche. El hombre ha muerto dijo Foucalt. La sociedad ha muerto dirá algún romántico no muy pronto.
Has despertado con la boca seca y las pupilas dilatadas. Es domingo. Te has levantado pensando que un suceso extraordinario pasará este día.

domingo, 5 de junio de 2011

Antipoemas.


LOVE
El amor es un manicomio dónde la gente cuerda pierde los intestinos y las uñas.
Cuando las personas han sobrevivido a ese manicomio
      nadan en el mar junto al recinto, se les escapa el agua entre las uñas de carne viva.
Sus intestinos no soportan la respiración bajo las profundidades acuosas.
No todos escapan y huyen al nosocomio de la gente cuerda
Sin uñas
Y con los intestinos ahogados en la espesura ácida que llaman
Love.

Elogio al vaticano.
Mírense ustedes tan repletos de amor.
Amor es dinero y oro de habitáculos cuadrados y llenos de figuras electrodomésticas llamadas sacras.
Escapularios y rosarios inundados de plegarias que se mueren en la mitra.
¡Allí!, dónde el cónclave emana alegrías que exacerban lo más funesto de la palabra del señor.
Dónde haya Vaticano habrá pobreza.
Metáfora perfecta del porqué en los lugares más pobres se congregan más iglesias.
Oremos.
La salvación del pecado se canonizará la próxima tarde cuando el humo blanco haya nombrado un nuevo Papa.
(Horas después) la hambruna cantó un padrenuestro y todos perecimos felices con un misterio en la mano.
Y la biblia en la espalda.
Una espalda
 carcomida
 por el salmo hegemónico
 de quién se sienta en una silla y devorase un banquete
cuando 4 mil millones de personas caminan no encontrando: alimento.
Iglesias
Una tarde de verano una señora iba a misa a predicar la biblia y sentarse en una silla de madera para hablar con Dios.
Dios la enloqueció tanto que regaló todo su dinero al cura catequista que se violaba niños para sobrevivir al vacío.
La locura de la señora sirvió para pagar la fianza.
El cura siguió violando monaguillos y la señora siguió rezando hasta desnudarse y morir rezando un Ave Maria.
Cuando eso pasó, el cura se violaba a su última víctima recitando los diez mandamientos.
Se lavó todo después con agua bendita.
Instituciones
Los jóvenes universitarios no leen más que el bamboleo de las nalgas de las mujeres más guapas de toda la ciudad.
Se concentran en lugares repletos de ira corporal y humos denigrantes que materializan esferas espesas de neblina a borbotones.
La universidad en picada va y engaña, como ellos timan a las muchachas que bailan procreando placer y líbido entre música y vacío
Amor líquido más perreo es igual a universitarios incomprendidos que terminan esclavos de una empresa, solos, solos, chiflando una canción no aprendida.
Institución más sistema universitario masificado da a luz un Estado feliz y neoliberal.
Jóvenes no imaginan revolución pues se pudrió de amor la primavera.
Las instituciones bailan el perro. Universitarios se entristecen añorando no haber mentido.
Pues institución es una máquina dónde el sistema baila reggaetón y duranguense cuando los universitarios se han mentido.
Homework
Tarea es un monstruo que devora el ocio de manera intempestiva.
Piedra colosal que rompe la desidia.
Y cuando no la rompe, fomenta el vicio de las novelas y las series de televisión.
La tarea o la homework es nada porque perdió valor. No da dolores de cabeza ni pule cerebros.
Sólo los atormenta en una maraña de sentimientos encontrados que se dejan con el primer partido de fútbol que encuentran.
O la primer revista de modas.
Tarea es agua en movimiento que se filtra por ningún lado pues no se necesita ya pues todos quieren huiquipediar.

sábado, 14 de mayo de 2011

¿Qué esperan?


Mordaz.
           Fugaces y tenues bribonas salas de espera. ¿qué esperan? Algún muerto intrépido, pero no lo esperan porque lloran para no esperarlo. Un grito nauseabundo y paupérrimo cuando los grillos hacen furtivamente el amor en el césped y las chicharras fornican en el nombre de Dios.
¿Qué esperan? Un cuerpo mutilado entre ambulancias y sirenas. Antípodas del goce, del placer y el susto fortuito. ¿Qué esperan? Esperan a Dios, creyendo que existe Dios, lo esperan sentado entre el silente ruido de las salas con sus ventanales dando hacia ningún lugar.
Exasperante angustia, golpes de diafragma sumergidos entre la niebla y turbulentas aguas emanadas de los ojos, de algún lugar entre las funámbulas córneas. Olor a mierda, sedimentos y cadáveres. ¿Qué esperan?
Lo inesperable, las gargantas ahogadas, las aguas calcinadas, esperan, siempre esperan un carnaval de coágulos dementes y febriles. Esperan tiempo sin mes predestinado, sin día, sin hora, sin segundo atravesados.
¿Qué esperan?
Esperan ciegamente creyendo que sentados, una segunda oportunidad se les manifieste. Pero esperan llorando porque saben en el fondo que seguirán esperando.

domingo, 8 de mayo de 2011

Sentarse.

Imaginen que un día de pronto observas las olas del mar y sientes nada. Que las aguas se mueven y parecen estúpidas. Son estúpidas. Te sientas y escupes a las tolvaneras sedimentadas y sólidas rugosas arenas para que luego las partículas acuosas toquen frágilmente tus pies y te inunde un deseo etéreo de salir corriendo pero no puedes porque sigues sintiendo nada y de pronto todo desaparece en una espesa niebla.
Imaginas medusas devorándote. Una tras otra. Nunca has visto una pero imaginas desaparecerte en un remolino de dientes pútridos abominables como tentáculos y la angustia enerva como una fuerza que engulle tu garganta hasta convertirla un tubo azolvado.
Salitre y azufre te rondan las papilas gustativas, un ardor te oprime las vías cardiovasculares. Una prisión se levanta entre ruinas atroces suicidadas y un silencio ensordecedor te golpea furtivamente como la absurda e inabordable realidad que se materializa a tu costado.
Estás empapado pero no te has dado cuenta porque todo es absurdo. A lo lejos una silueta iluminada asciende como el alba pero ríes. Te mofas de la nada. De la nada todo se vuelve un chiste. Carcajadas varias atraviesan el horizonte que apenas sutilmente la proa rompe y se calla absolutamente todo.
De repente aparecen animales de tres cabezas, otros cuantos con unas pezuñas gigantescas, y unos pocos con unos maxilares colosalmente aterradores. El barco sigue el curso y los animales libran una estruendosa batalla.
Carne podrida, pedazos de piel calcinada, huesos quebrados, cabezas muertas, colmillos rotos, carne pegada a uñas rumiantes caen perpendicularmente en derredor desde donde contemplas la riña.
Te has reído tanto que te sobrevienen unas incontenibles ganas de orinar. Lo haces, cierras los ojos y nada te viene a la mente. Nada. Un negro se materializa al cerrar tus párpados y bombas incesantes aniquilan rescoldos de aire vacío lanzadas desde las vías urinarias.
Das vueltas en círculo, el cabello se te cae, lo ignoras. Caen tus caireles sobre el mar y este toma un color rojizo. El cabello se filtra entre el agua y nace un fuego que devora la espuma dejando un ponto estático que aterra y maldice en silencio.
Lloras, cierras los ojos, los abres y un espejo frente a ti aparece. No tienes reflejo. No lo entiendes y todo se vuelve como los pasos errantes de un vagabundo apestoso.
Un rictus se apodera de tu cara pero no lo ves; tu piel facial empieza a consumirse como el alquitrán del cigarro.. No hay reflejo porque un ácido ha devorado tus pómulos y te ha dejado sin rostro. No lo sabes tampoco, hasta que corres y te topas de nuevo con el mar. No entiendes nada.
Tu reflejo se disipa, te observas y sigues llorando. No te salen lágrimas porque el ácido ha quemado todo intento de órganos humanos para dejarte como un terreno yermo, oxidado y solitario. No puedes correr porque aunque tus pies quieran moverse, se clavan donde estás pisando.
Tu rostro es un cerro erosionado. Un silencio errático. Un accidente automovilístico. Una tumba vacía. Una cucaracha muerta. Ruido ausente de una mente sin cordura.
Eres polvo y te mezclas con el agua. Pero siendo polvo sigues gritando y llorando. Estás condenado a una vida repleta de tristeza emanada desde el diafragma. Lo sabes. Pero sigues siendo polvo y nada es como antes. Te esparces. Desapareces.
Todo ha sido un sueño, sólo un sueño y sabes que caminas hacia una oscuridad trémula e infausta que buscas alcanzar, pero no la alcanzas porque escuchas que alguien grita tu nombre a tus espaldas. Volteas y dos siluetas emergen y se alejan como bólidos. Las siluetas no se distinguen. Respiras y unas agruras te recorren la garganta. Sabes que es un adiós porque las agruras saben a eso.
Te has dado cuenta que repentinamente te encuentras frente al mar y depositas el tejido adiposo de los glúteos en la arena. El agua te inunda, te percatas que no sientes, la nada se recrea, un déja vu se procrea entre un olor soporífero a orín de borracho. Risas se confunden entre un ruidejo impertérrito a lo lejos de un muelle de madera apostillada.
Se cumplió todo después.

Nunca supiste cuando te sentaste y el mar se detuvo tantas veces que la última ola en el mundo...



                                                                                                                                                murió.

lunes, 25 de abril de 2011

Se fue la luz



Se fue la luz. En las ciudades a menudo suele irse la luz. No entiendo nada de fusibles ni maquinarias centrífugas. Y nunca me ha dado por saber, no lo sé, no lo he sentido necesario. Que se vaya la luz un día de Pascua como le llaman los católicos, podría ser interpretado como un castigo divino y esas cosas metafísicas que tampoco entiendo. Y es que de acuerdo a la lógica de los adultos, ¿Qué puedes saber de la vida a los diecinueve años?


Empecemos. Son las once y me digo que no va a tardar en regresar. Por un lado lo maldigo porque justo cuando leía unos poemas de la generación Beat, se fue la luz. Pero en realidad no, empiezo mal y mintiendo. ¿Eso me convierte en un adulto? Sigamos. Mi madre almorzaba una hamburguesa mientras música de trova danzaba entre las cuatro paredes del comedor. Mi madre me contaba sobre su día que nunca es como los demás, y ambos lo sabemos.


El único día repetible que he tenido en mi vida, es cuando no quise salir de mi habitación porque simplemente no quería. No leí, hice nada. Y ahora enfrento el peligro de repetirlo por tercera ocasión mientras en la penumbra escucho a la hamburguesa gritar entre los dientes de mi madre.


Mi madre pide que me acerque a un pequeño altar con miles de figuras que no distingo para jalar la veladora. Debo admitir que me dan miedo los pinches altares. Las figuras siempre sonríen, pero tienen una sonrisa macabra y estruendosa como la sonrisa falsa de los que mienten, como la sonrisa falsa de los que te miran con envidia.


Es de un color rojo de fulgor escarlata, la tomo debajo para no quemarme por recomendación de mi madre, pues ya saben que a los clasemedieros no se nos da eso de cargar una veladora. No se si cuando te haces cura, haya una materia para aprender a mover una veladora de lugar, y si no, pues qué aburrido eso de ser cura.


Coloco la llama envuelta en un cilindro grabada con letras y espero que el último rescoldo de hamburguesa sea ingerida por la traquea de mi madre. ¿Nunca han sentido ansias cuando la penumbra te agobia? Si no pues qué bueno, porque a mi tampoco. Lo que sí puedo decirles es que aunque muchos escritores nunca saquen a su madre en sus cuentos, yo sí lo hago porque te inunda de sosiego platicar con la única persona que te entiende en tu casa. ¿A poco no?


Me retiro a mi habitación sin antes mis pies librar una batalla de kickboxing con las sombras que adornan la escalera y los pasillos. Entre la ausencia de luz y ruido, puede haber algún libro tirado y no saben cuanto me duele eso de maltratar un libro. Prendo la laptop. Sabemos que no hay internet y me pongo a leer unas crónicas de Leila Guerreiro sobre los muertos que Videla sepultó en Argentina durante la última dictadura militar y de Bernardo Gutiérrez, español que se insmiscuyó en las favelas de Brasil para corroborar que el gobierno quiere legitimar el monopolio legítimo de la violencia como nos decía Max Weber.


El gusto duró veinte minutos, pues la batería se agotó como se agotan las municiones de agua y comida en el desierto. Pero esta vez este era un desierto no de sol y arena con serpientes venenosas al acecho, este era un desierto carente de ruido, de luz, donde sólo se vislumbraban los fulgores de la calle a través de mi ventana, una luna rojiza como mordida por un hambriento vagabundo y las únicas serpientes eran los libros de una modesta biblioteca que no me acecharían a las manos, porque no pueden leerse.


Pensé que dormiría, en realidad estaba tan aburrido que pensé conciliar el sueño pero no. No saben que cuando la penumbra acecha en las costas, los infiernos se inventan a través de picaduras de zancudos. Por aquí por allá y lo típico, te tapas con la más delgada de tus sabanas. Te das cuenta que el calor es insoportable y quieres sentirte entre una tina y sólo dormir pero no, tu sueño se disipa entre el aleteo de los mosquitos. Usas desesperadamente tus manos para matar, para volverte un asesino pero eres demasiado lento. Y el infierno, es parsimonioso y el silencio te envuelve como la sabana que dejas intempestivamente porque el calor es insoportable, y entonces el ambiente se torna impaciente y hostil. Un silencio ensordecedor.


Bajas inmediatamente por un agua, bebes hasta al fondo. Sabes en el fondo que si no sales de esa pocilga infernal de sudor y ardiente aire de tu habitación enloquecerías hasta jalarte los cabellos.


Sales, y el aire te reconforta. Entonces te dan ganas unas enormes de escribir pero no puedes. Si regresas, sabes que no harás nada y lucharás contra ese ambiente lleno de ardor y pesadumbre.


Te encuentras con una vecina sentada en el pórtico de su casa. Te saluda y pregunta si no puedes dormir. Asientes y dices que te has vuelto impaciente. Observas a su marido sentado con las rodillas rotas. Un gramo de saliva pasa por tu garganta y te imaginas en esa posición incómoda con las rodillas quebradas. De repente no sabes porque tus rodillas punzan como cuando observas que alguien se ha pegado en los testículos y te los acaricias con las manos como señal de ¡qué bueno que no fueron ustedes y están a salvo!.


Han pasado dos horas, mientras te sientas y le platicas de tus días mientras se fuma un cigarro. Viste un short y una playera que le descubre el tórax. Suda como sudan las personas en la costa. A lo lejos dos sombras juegan con un bólido circular que es un balón.


Te dan ganas de hacer lo mismo, pero a la vez dices: El mexicano debe ser muy inteligente y satisfactorio como para jugar con un balón, pero no tiene la misma pericia para leer un libro y distinguir un derecho de una obligación.






Te levantas y vas a la tienda que para tu sorpresa está abierta y te compras una botella de agua. Paradójicamente un tipo alto, con la tripa hinchada y una playera de algodón sin mangas que le descubren los vellos apelmazados por el sudor compra una cerveza. Cuenta a otro tipo flaco que se le descubre un tatuaje en la espalda porque no trae camisa que mañana trabaja, pero qué vale verga y se dará el día. Brindan por ello.






Me alejo y observó el transformador que abastece la acera de mi casa. Él es el responsable de que me encuentre a la una de la mañana comprando una botella de agua cuando debería estar durmiendo. No lo culpo, aunque un cuadrado lleno de fusibles y verdoso como ese puede ser más razonable que la tipa a quién se le reportó la falla eléctrica. Dice que no puede asegurar reparar el daño, y ella cree que uno es pendejo y no sabemos que tienen sub-estaciones de emergencia. Pero ya saben que a los mexicanos no se nos da eso de saber y exclamamos un ya ni pedo.






Regreso de donde partí y observo minuciosamente como el señor con las rodillas rotas que es amigo de mi padre lanza un grito de dolor que se ahoga con la luz de las velas. Suda a granel. Se le esparcen por toda la panza víctima de la cebada. Se movió y se lastimó como se lastiman los católicos con golpes de pecho. Ya saben, redimir el dolor y los pecados es más reconfortante que sentarse a ver la televisión y esos programas donde se atracan por una sopa Nissin.


Su esposa da vueltas en círculos y ya no aguanta nadie nada. Ni él el sopor de la sala y lo rasposo de la cama, ni ella la ansiedad que le consume la paciencia ni su hija la luz de la computadora que apaga rápidamente porque le hartó la música.


Les ayudo a subir al señor al carro. No pueden seguir soportándolo. Diez minutos más y el señor podría salir corriendo aunque se le quebraran las rodillas por completo. Y es allí cuando los miras y te los imaginas jalándose los cabellos y prendiéndose fuego mientras gritan un ¡Puta madre!, de dolor que les aprisiona la garganta. Los observas tirándose al piso y pataleando, pero no un pataleo normal, sino un pataleo como queriendo romper el piso con las rodillas, como queriendo pulir los huesos con esa pesadumbre, con ese ardor, fundirlo con el mosaico de la sala.


No te diste cuenta de cómo pasó pero ya el señor está en el carro. Se despiden de ti, te invitan al hotel del señor, hay clima lanzan como su última oferta. Agradeces pero niegas.


Regresas a tu hogar esculcando las piedras sueltas del pavimento percatándote que la reja de tu casa se oxida gracias al salitre y te das cuenta que las tres de la mañana está a la vuelta de los minutos. Han pasado 300 segundos desde que te sentaste mientras su automóvil se alejaba. Desearías que hubiera luz en ese momento el placer que te causa alejarse ese cuerpo metálico con caucho en los rines.


Un sentimiento de sosiego te invade de repente, una tranquilidad que te inspira dormir. Recuerdas a la luna, y no sabes el por qué. Tus pupilas se dilatan y te olvidas de la luna. Las casas de atrás siguen teniendo luz y te preguntas que harías si las cosas fueran al revés.


Observas tu techo que es blancuzco mientras te quitas los zapatos. Te quitas la bermuda y el bóxer queda al descubierto. El calor sofoca pero te olvidas de ello, se sigue inventando una prisión en tu habitación, una prisión de gente muerte y cadáveres que danzan a la luz del silencio que reprime todo rastro de ruido.


Tu mirada se pierde entre tus recuerdos del día anterior cuando soñabas, un turista ahogándose entre las rocas del mar. Te dan ganas de ahogarte con él. Mientras indagas como hacerlo sin que el dolor te inunde el sentido del tacto nunca te diste cuenta que la luz regresó hace cinco minutos y no estabas allí para contarlo.

sábado, 23 de abril de 2011

Adiós...¿adiós?

Del tiempo, el final es lo que empieza. Hoy por salud te he dicho adiós. En realidad, sólo era un hasta luego, un hasta pronto, un nos volvemos a ver luego mientras me encuentro y reproduzco sin la necesidad de extrañar el fugaz amor que me tuviste. Eso era hasta que cercioraste lo ineludible. Te escudaste al irte, al marcharte te escudaste en una frase como: Que no te amen como quieres, no quiere decir que no te amen con todo su ser. Pero te dije adiós porque así me azotaste las palabras; no tienes razones como para retratar ese amor que como sinónimo las palabras que te dije.

¡Seguramente hay razón en el amor!

Sonará presuntuoso, tuviste la oportunidad de quedarte en mi vida, que fueras parte medular de mis recuerdos, que tus besos me sobrevinieran en las soledades más atroces para reconfortarme las estalactitas del miocardio, pero no, sentenciaste la muerte, quebraste el tiempo en favor del olvido.

Es una lástima, porque nunca sabrás de esta inefabilidad que me consume, que tu nihilismo y tus prejuicios antecedieron a la pulcritud de mis te quieros, y no, no me arrepiento de haberte escrito, ni te maldigo, ni te deseo que te vaya mal en la vida aunque te confesé que te odiaba algunas veces, a las tres de la mañana, quizá a las cuatro, quizá todo el día o quizá en las lunas de un marzo disipado entre cadáveres.

Pero te quise más veces y sabía que me pasaba como a los cascos del caballo en pleno pavimento, pero no importaba, no importó que te fueras, que me sintiese como colinas de cumbres desgastadas, como abismos calcinados, como aire de responso hacia el vacío.

Me regalas una palabra entre tu frase de despedida: Telenovelero; tomémoslo como anodino. Pues anodinas fueron mis palabras más que muertas entre terabytes de la otra vida cibernética que descansa en algún lugar cercano entre tus dedos.

Y probablemente, y probablemente nunca entendiste del todo mis poemas, creo que nunca descifraste lo enigmático, un poliedro subterráneo que como una víbora ardiente en contra de su presa. Nunca entendiste o nos movimos por dos líneas de acción distinta. Nunca hubo semana en mes y mes en semana y ambas en años. Nunca hubo más que el acábose gritado entre la vida que se esfuma entre la yema de los dedos.

Después de un hierático, te regalo el nunca, porque en el nunca sembraste la tumba de dos cuerpos que se alejan y se mueren sobre una espiral de hombres calcinados con las más feroces llamas, con el más potente ácido de la derrota que subyace cuando el pretérito, desapareció entre la angustia que se expande sobre la vida misma que dicta: Todo muere cuando nace.

viernes, 22 de abril de 2011

Te extraño.

Se apodera la añoranza de tus labios hieráticos materializados sobre mis hombros. Mis ojos se adentran en la espesura de los que gritan y la garganta se les desolla con tanta raspadura de traquea. Pues bien, hoy vengo a decirte que te extraño, que los recuerdos palpitaron esta mañana. El tiempo a pesar de caluroso y lleno de sofismas, quema y desgarra de igual forma que tu partida sobre los dinteles del pasado. Hoy no hay perros que ladren, ni perros que duelan tanto porque esta vez como hace casi un mes, no me he sentado a esperarte, pero sí, aunque no te espere y aunque te espere te extraño de igual forma.

Siento un vacío, tan sublime y tan incisivo como el sonido de la pólvora cuando se expande y grita. ¿Has escuchado el llanto de un bebé? Pues así, pero más estruendoso. Es el sonido que se ahoga por el silencio y los balidos de los borregos de algún campo lejano.

Parecí inventar la zozobra con la mañana pegándome sobre la nuca, aunque no me extrañes ni me lo digas, te sigo extrañando, así los grillos sigan cantando sobre los cadáveres, así, los dragones existan, las quimeras se envuelvan entre renglones de libreta. así los niños sigan limpiando cristales.

Así leas esto y nunca regreses, te extraño y duele como duelen los metales al caer sobre el piso húmedo y agrietado de alguna ciudad desapacible e incierta.

Me siento como en un salón de clases donde miles de manos raspan los gises en los pizarrones y no tengo manos para taparme los oídos ni yemas de los dedos para taparme las corneas.

Me siento como desnudo en una avenida repleta de fugaces miradas que acribillan mi cuerpo en una noche cualquiera.

Pues tu boca se marchó de mi boca y no regresará ni con los besos muertos sobre un pretérito que se acaba al final de estas líneas al extrañarte con la luna en el olvido mientras Dios se muere para no resucitar.

Y aunque vinieras te sigo extrañando como extraña la arena el vaivén de las olas del mar.